
Creí que diría algo, pero no, ella guardó silencio. Movió ligeramente la cabeza de un lado al otro, con amargura, yo que estaba sentado frente a ella, la miré y encontré sus ojos con complicidad. No solo nosotros, sino todo el vagón del metro de la línea roja sentimos lo mismo. Decepción sin saber dirigirla y preocupación.
El inmigrante vendía mecheros a dos por un euro y entró en una discusión con otro, español, en estado de plenitud laboral que según el pedía dinero porque no tenia que comer y prefería esto a robar. La discusión se centro en quien había subido al carro primero a pedir dinero. El inmigrante cedió y guardo sus mecheros.
Había visto a gente pedir en el metro, cosa que se hace cada vez más frecuente, pero nunca a dos a la vez, ni menos que se pelearan por una moneda.
No es extraño y mientras abundan las noticias por corrupción, España soporta a cuatro millones y medio de personas sin empleo y a un millón de familias sin ningún miembro trabajando.
Desafortunadamente no necesito mecheros.