jueves, 20 de noviembre de 2014

La necesidad de emprender.





Era un joven de veintitrés años con apenas financiación  y junto a un amigo nos montamos nuestro propio negocio gastronómico. Otro amigo nos prestó dinero y con eso compramos un horno y un congelador. Con un auto amarillo que apenas se movía fue el comienzo de nuestro proyecto. Viví dos años así, con una gran motivación y un energía sin igual.





 Pero al primer revés lo dejamos, no estaba preparado y afortunadamente quedé sin deudas.  Aún así fue una etapa satisfactoria.

Ya han pasado quince años de eso y he vivido bastantes experiencias en cocina. Desde cocinar en un restaurant con estrella michelín hasta hacer eventos de miles de personas en Barcelona. Creo que hice lo correcto y no me arrepiento de ninguno de mis movimientos. He viajado, he recolectado áromas, he coleccionado ojos brillantes ,he estudiado, he reído.

Ahora llego a la madurez profesional y emocional, donde me interesa menos y tengo menos fuerzas de seguir escribiendo lineas en mi curriculum y mucho menos tener que recortarlo para conseguir un empleo. He cumplido una étapa importante en mi vida laboral y ahora debo comenzar otra.

Una propia. Una con riesgos.


Confieso que más que una necesidad lo siento como un deber. Un deber hacia mi, hacia mis capacidades, hacia mi futuro. Un desafío.

No podría vivir, no me perdonaría, al menos, no haberlo intentado.






sábado, 8 de febrero de 2014

De regreso a los fuegos

Hoy por hoy, mis amigos más  cercanos son dos fuegos. No tengo más. Dos fuegos, un horno y mucha ilusión.
Había dejado el cocinar casi de lado y necesitaba esta sensación, mezcla de adrenalina, presión y creación. El cautivar al menos a una parte de un comedor lleno cada día. Luego de quince años en la gastronomía, este es el momento que más cocino y lo valoro como un auto aprendizaje.  En una forma novedosa para mi.
Cada día son cuatros platos nuevos, algunos copiados directamente, otro influenciados por algún cocinero y otros ineditos.  La creación no sucede desde cero. En mi memoria guardo sabores y aromas y con las técnicas que conozco puedo proyectar algo, ligeramente novedoso. Digo ligeramente porque no tengo la posibilidad de ensayar, como en las grandes cocinas. Cocino y sirvo sin margen de error. El concepto de error, muy propio del proceso creativo no es una posibilidad para mi.  La gran desventaja es que siempre tengo que pisar terreno seguro y eso muchas veces es una limitación.

Cada día antes de las once de la mañana ya estoy con stress de saber que a la una vendrán entre cuarenta y cincuenta personas. Muchas veces, la mayoria, prefiero no hablar ni distraerme y entro en un dialogo con la materia prima que tengo. Creedme, muchas veces es como si hablara con las patatas , las cebollas y el cilantro.  Las preparaciones van evolucionando minuto a minuto y esto nunca deja de sorprenderme.
A la una de la tarde, los cuatro platos llegan al momento de la puesta en escena. Saco las fotos para subirlas al facebook y casi sin tiempo ya tengo la primera mesa. De cuatro, de dos, de seis y así hasta llegar a las cincuenta personas.

Doy prioridad a los productos de temporada,  nada congelado y todas las verduras llegan a la cocina al mismo tiempo que entro yo. Es una cocina muy sencilla, hay lentejas, calabacines y remolachas. No hay caviar,  bogavantes ni nada que cueste más de diez euros el kilo. El desafío es justamente este. Las albóndigas las formo yo y las bolsas de lechugas lavadas no existen.
En cinco meses he hecho al menos unos trescientos platos diferentes. Me avergüenzo de unos cinco.
Me los guardo en secreto.