Soy cocinero hace quince años y salvo los seis meses que pasé sirviendo cafés con maloliente anís a camioneros trasnochadores, la semana que pinté una oficina de color mostaza cuando llegué a España o el mes que me dediqué a jardinero en Chile para ahorrarme el gimnasio, el cocinar ha sido mi único trabajo. Quince años de cocinero en las que me las he arreglado para no cocinar. Es que el cocinar profesionalmente es muy pesado, te saltan gotas de aceite a la cara, tus manos tienen olor a ajo y pescado a la vez y cuando veo mis antebrazos estos tienen marcas recordatorias de cada uno de mis trabajos. Además luego de doce horas trabajando hay que limpiar y aguantar a gente que no tuvo nada más en su vida que hacer que meterse a la cocina, no porque le guste sino porque no le quedó otra, normalmente además está gente suele oler muy mal y eso créanme no es nada agradable. Si le sumas a que es un viernes, un sábado por la noche o un festivo y te estás perdiendo algún cumpleaños feliz, no hay quien quiera a ponerse a cocinar de verdad.
Por eso he sido profesor de cocina, he desarrollado productos para Nestlé en una oficina mezclando polvitos, he hecho banquetes, he tenido un año semi sabático, me he dedicado a viajar y he sido chef. ¿O crees que los chef cocinan?
Me gusta comer, me gusta hacer la diferencia entre comer mal o mediocre y comer bien. Me gustan las historias de la cocina, me gusta seguir siendo cocinero. Así que después de todo este tiempo arreglándome para no cocinar rapes chinos congelados me gustaría cocinar de verdad.
Y capaz que hasta gratis lo haga.
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